domingo, 4 de septiembre de 2011

En la jerarquía heredada de valores reconocidos, el síndrome consumista ha degradado la duración y ha ascendido a la fugacidad. Ha situado el  valor de la novedad por encima del de lo perdurable. Ha acortado considerablemente no solo el lapso temporal que separa el querer del obtener (como muchos observadores, inspirados o llamados a engaño por las agencias de crédito han sugerido), sino también el que media entre el nacimiento de la necesidad y su desaparición del mismo modo, ha estrechado el intervalo transcurrido entre el momento en que una posesión o pertenencia resulta útil y deseable y aquel otro que se vuelve inútil y es motivo de rechazo.
(Bauman, Vida Liquida 2006 Pág. 113)



Las batallas libradas por la cultura de consumismo infantil y en torno a ella constituyen en realidad, batallas sobre la naturaleza  y el alcance de la persona en contexto de expansión continuada del comercio.
(Bauman, Vida Liquida 2006 Pág. 149)




El consumismo impulsado por las grandes empresas está teniendo unos enormes efectos psicológicos, no solo en las personas, sino también en nuestro planeta […] la psicología tiende a individualizar en exceso los problemas sociales. Cuando lo hacemos, acabamos culpando principalmente a la persona e ignorando la ingente cultura empresarial que tantos aspectos de nuestra vida está invadiendo
(Bauman, Vida Liquida 2006 Pág. 153)

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